Diego Maradona y Gimnasia, ante un partido bisagra que no admite otra derrotaDeportes 

Diego Maradona y Gimnasia, ante un partido bisagra que no admite otra derrota

El amor incondicional empezó a diluirse al compás de los resultados. Las concesiones comprensibles se convirtieron en molestias habituales. Y el promedio quitó todo margen de maniobra. Por eso llegó el ultimátum: si Gimnasia pierde este sábado en la cancha de Independiente será muy difícil que Diego Maradona continúe como director técnico.

La historia de amor entre el Lobo y el Diego tuvo condimentos muy genuinos y otros tantos forzados, de esos vínculos que se van construyendo a la fuerza, más por conveniencia que por convicción.

En los primeros días de septiembre de 2019, lo que parecía una locura se hizo realidad. La noticia fue una bomba y actuó como salvavidas para la gestión oxidada de Gabriel Pellegrino al mando del club. El presidente se iba hundiendo cada vez más. Sin apoyo de los hinchas, sin chances de poder usar el comodín de repatriar a Pedro Troglio y con un duro panorama económico, a Pellegrino se le ocurrió una idea tan arriesgada como estratégica: que Maradona sea el entrenador de Gimnasia.

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Por ese entonces, Diego casi no podía caminar. Había tenido que cortar su vínculo con los Dorados de Sinaloa para priorizar su salud. Se operó la rodilla y el hombro, arrancó una dura rehabilitación y en su entorno familiar pretendían que solo se abocara a ponerse bien.

Los que suelen intentar guiar las decisiones de Diego trataron de que no se entusiasmara con la propuesta de Gimnasia, pero a Maradona se le encendió una luz imposible de apagar. Y volvió.

De allí en más la historia es conocida. Desde los sillones, los homenajes emotivos en cada cancha, la DiegoCam, la revolución en La Plata, miles de socios nuevos, ventas de camisetas… Lo que era desolación fue esperanza. Diego hizo una de Diego. Llevó alegría e ilusión a un pueblo que necesitaba creer en alguien, aferrarse a algo.

Al mismo tiempo, Maradona representó la carta ideal para modificar el juego político del Lobo de cara a las elecciones presidenciales. Fue Maradona el que renunció y volvió en menos de 48 horas. Fue a su manera el que inclinó unos comicios cargados de desprolijidad. “Con Pellegrino vine y con él me voy”, marcó la cancha. También lució una gorra que postulaba la reelección del mandamás tripero. Y Pellegrino, que no iba a presentarse, terminó arrasando en las urnas.

Maradona y el presidente de Gimnasia, Gabriel Pellegrino, juntos durante la presentación de Diego en el Lobo en septiembre de 2019. (AFP)

El escenario, siempre embarullado fuera de la cancha, lo completaba Christian Bragarnik, el empresario fetiche del fútbol argentino, que acercó a Diego a Dorados y también fue el nexo con Gimnasia.

Bragarnik, esta vez, sirvió de “garantía” para reforzar al plantel de cara a la segunda parte de la Superliga. Y con ese anzuelo, los hinchas renovaron la esperanza en 2020.

Maradona, en tanto, participó de apenas tres prácticas durante la pretemporada. Dejó el timón en manos de Sebastián Méndez, el ayudante de campo que en la práctica fue el entrenador. El Gallego, vale remarcar, tuvo que hacer equilibrio en un terreno poco agradable.

Como siempre en el fútbol argentino, los resultados deportivos fueron la variable determinante para marcar el rumbo. El empate ante Vélez para arrancar 2020 parecía ilusionar con una imagen renovadora. Allí estaban asomando los refuerzos, los colombianos Mancilla y Agudelo; también Paolo Goltz para mejorar la defensa y Fatura Brown para dar seguridad bajo los tres palos. Llegaba Lucas Barrios para aportar la efectividad que tanto necesitaba el ataque, se afianzaban los pibes del club como Paradela y Eric Ramírez, se sumaba la experiencia de Matías Pérez García…

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Todo se diluyó rápidamente. Ahora brotan los interrogantes. ¿Es Barrios mejor que Contín? ¿Por qué juega Mancilla y fue relegado Mussis? ¿Es normal que jugadores que son titulares un domingo pasen a ni integrar la lista de concentrados para el juego siguiente?

Las últimas tres fechas ofrecían al Lobo la bisagra para marcar el despegue o el estancamiento, que en su caso es sinónimo de descenso.

Y Gimnasia no dio la talla. Empató contra Huracán un partido que pudo perder. Empató con Patronato un partido que mereció ganar, dispuso de un penal para liquidarlo y un minuto después terminó sacando del medio. Y viene de perder en Arroyito contra Central, uno de esos rivales que tenía apuntados para recortarle puntos y ya le quedan muy lejos en la tabla.

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“¿Si me voy a quedar? Estoy firme. Y ahora más que nunca quiero renovar con Gimnasia…”, dijo Diego con la derrota fresca en el campo de juego del Gigante de Arroyito. Minutos más tarde en la conferencia de prensa subió la apuesta: “Que al presidente no se le ocurra echarme porque lo echo antes yo a él”.

A tres fechas del cierre del torneo y con la Copa Superliga como bonus track para definir los tres descensos a la Primera Nacional, el ultimátum está planteado. Los dirigentes de Gimnasia admiten que están empantanados y por lo bajo todas las partes coinciden en que es mejor armar una salida decorosa que forzar un final antipático.

Nadie echará a Diego. Si el sábado Gimnasia le gana a Independiente la esperanza otra vez dominará el espacio. Hasta un empate, de acuerdo a cómo transcurra el partido, podría darle una chance más al ciclo. Pero una derrota marcará el límite. Y en ese caso lo más saludable será acordar un punto final.

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