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John Grant, un sonido inspirado por Bach y los sintetizadores


“Más que una gran reflexión sobre el amor, prefiero hablar de su peso en la vida cotidiana”. Eso dice John Grant, nacido en Michigan y criado en Colorado en el seno de una familia metodista que nunca aprobó su homosexualidad. En menos de diez años, Grant ha sabido cómo construir un cuerpo de obra sólido, caracterizado por la honestidad con la que cuenta en público su lucha contra los prejuicios y las adicciones, además de cantarle al amor con ganas, pero sin dejar nunca de considerarlo un infierno (“Incluso si estás en la mejor de tus relaciones, uno verá morir al otro”, opina).

Después de liderar The Czars, una banda que cruzó intrépidamente shoegaze, dream pop y alt-country, Grant inició su carrera solista con
Queen of Denmark (2010), un disco en el que se hizo notoria su devoción por los Carpenters, los Beatles y Harry Nilsson. Tres años más tarde, Pale Green Ghosts revelaba sin ambigüedades su vocación synthpop, que desarrolló con prudencia en
Grey tickles, black pressure (2015) y profundizó en su último disco hasta la fecha,
Love is Magic, el más radical de su carrera, fruto evidente de su trabajo previo con el trío electrónico Wrangler (proyecto actual del ex Cabaret Voltaire, Stephen Mallinder).

Los sintetizadores (incluso los analógicos) dominan la escena. Pero no para fabricar música para la pista de baile, con patrones repetitivos y de fácil digestión. Muy por el contrario, este cuarto álbum de Grant está plagado de paisajes densos y ominosos, historias tan crudas como la del exmarine Bradley Edward Manning, quien produjo gran agitación en los medios de los Estados Unidos cuando se declaró mujer transgénero en 2013 (en la ensoñadora “Touch and Go”, elegida para el cierre) y diatribas contra Donald Trump y el polémico psicólogo y crítico cultural canadiense Jordan Peterson, enemigo directo de la comunidad trans.


Casi todos los temas del disco duran más de cinco minutos, y algunos -como “Metamorphosis”, el track de apertura- sufren mutaciones realmente inesperadas (en el título, justamente, está cifrado el espíritu volátil de la canción).

En el ADN musical de Grant se puede rastrear información diversa: Sparks, Klaus Nomi, Gary Numan, Kraftwerk, David Bowie. Lo notable es su capacidad para procesar esa data y reconvertirla en algo potente y original. Un gran ejemplo es “Tempest”, una
torch song recargada de dolor que debe su título a un videojuego de Atari y, según él, fue inspirada por una fuga de Bach. Suena irreverente, claro. Pero ese parece ser el estilo de Grant, un provocador profesional capaz de atacar al islam y celebrar el brócoli con salsa de queso en un mismo tema.

Pianista de formación clásica, este músico indomable que hoy vive en Islandia se ha obstinado en cruzar su rígida educación formal con la que fue incorporando en un disipada vida nocturna. “Me fascinan por igual Chopin y el techno”, asegura. Y basta con escuchar sus discos para creerle.

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