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miércoles, septiembre 28, 2022

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¿Qué define nuestro voto?

Nahuel Sosa

default Foto: CEDOC

¿Cuánto influye la situación económica a la hora de votar? ¿Es el bolsillo o son las emociones y aspiraciones lo que determina lo que hacemos en el cuarto oscuro? Nuestras expectativas y cómo nos autopercibimos son claves para comprender lo que está en juego en estas elecciones.

Toda campaña electoral tiene algo particular, distinto, y auténtico. Algo que algunas veces está más visible y otras pasa desapercibido. ¿Qué es ese “algo” en esta elección? Probablemente, no lo sepamos con certeza porque está ocurriendo. Sin embargo, podemos identificar rasgos distintivos e incluso inéditos que son propios de este momento histórico, que configuran nuestra conducta electoral y determinan las formas en las que procesamos una crisis económica. Vivimos en una época de desapego a las tradiciones, una época en la que los individuos ya no se guían por las estructuras organizativas clásicas, son flexibles, están desterritorializados y deambulan entre la virtualidad y la realidad.

La globalización supuso además un fuerte proceso de individualización, un debilitamiento de los lazos colectivos y la erosión de estructuras primarias, como la familia.

Zygmunt Bauman habla de la “modernidad líquida” para dar cuenta de este momento de la historia en el que realidades sólidas que antes podían ser proveedoras de estabilidad, como el trabajo o el matrimonio, se desvanecen: el vértigo, la ansiedad, los compromisos pasajeros, la flexibilidad, la fluidez y la desenfrenada búsqueda por la satisfacción más inmediata son algunas de las características de esta etapa. Las transformaciones en el funcionamiento del capitalismo son la base de estas nuevas subjetividades basadas en la precariedad y la inseguridad. En ese sentido, es posible hablar de hipermodernidad: una aceleración de los tiempos, con individuos que se apilan en centros urbanos con demandas hiperfragmentadas y que están cada vez más cerca físicamente, pero, paradójicamente, cada vez más lejos socialmente, en una suerte de soledad en masa.

En este escenario, el voto no se define solamente por lo racional-económico, por “el bolsillo”, sino que se vota también por aspiraciones, deseos, subjetividades, emociones. Esta premisa supone un desafío inédito para la oposición, ya que no alcanza con denunciar los problemas económicos, sino que se deben construir nuevas narrativas de futuro, renovados horizontes políticos que excedan a los datos duros del Excel.

Si vivimos en una sociedad de riesgo, con hombres y mujeres que luchan día a día contra esa incertidumbre estructural, entonces la propuesta de quien logre recuperar esa seguridad perdida será más exitosa. No es casualidad que, frente al fracaso del programa económico, el Gobierno busque refugiarse más que nunca en el aspecto cultural, en la dimensión de las subjetividades para dar una batalla por el “alma” de los votantes, como lo ha definido Marcos Peña.

Otra parte de asumir una política para el siglo XXI es entender que, en las sociedades contemporáneas, importa más la forma de autopercibirnos que cómo nos perciben las estadísticas. Por ejemplo, en nuestro un país casi el 80% de su población se asume de clase media. Más allá de que esa no sea su posición económica real, en términos simbólicos, adopta los sistemas de valores y modos de vida social que están legitimados por ese sector social.

Del mismo modo, las expectativas pueden influir muchas veces más que la realidad misma. En la elección de 2017, gran parte de los votantes del oficialismo reconocían que su situación económica había empeorado. Sin embargo, tenían expectativas de que iba a mejorar. En cambio, ahora se da una particularidad sociológica y es que entre los votantes que más apoyan al Gobierno, crece la imagen negativa de Mauricio Macri y, a su vez, no creen que la economía vaya a mejorar en el corto y mediano plazo.

Sin embargo, acá aparece una de las mayores habilidades del Gobierno para sostener su apoyo: ser un gran constructor de mitos. Porque sobre los mitos no importa su veracidad, solo importa su verosimilitud. Podemos mencionar al menos dos mitos fundamentales en la campaña de Juntos por el Cambio: el de la meritocracia, que sin un Estado que garantice condiciones de igualdad se torna una ilusión, y el que opone autoritarismo populista vs. democracia republicana, encuadrando a la oposición en la primera categoría y al oficialismo en la segunda.

Que el miedo le gane a la frustración económica es la gran apuesta del oficialismo. Que un nuevo acuerdo social pueda traer predictibilidad y seguridad es el desafío de la oposición. Finalmente, a la hora de votar, lo haremos con el corazón y con la cabeza.

 *Sociólogo (UBA), director del Centro de Formación y Pensamiento Génera e integrante de Agenda Argentina.


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