A 75 años del nacimiento de Tanguito, su figura sigue siendo un misterioEspectáculos 

A 75 años del nacimiento de Tanguito, su figura sigue siendo un misterio


Tanguito

A 75 años de su nacimiento, y más de un cuarto de siglo después del estreno de la biopic que enmarañó su legado con un relato apenas cruzado por la realidad, la figura de Tanguito sigue siendo -incluso después de haber llenado todos los cines del país- un verdadero misterio. Para la generación que atravesó su adolescencia durante los 90, José Alberto Iglesias -tal su nombre- quedó para siempre vinculado a lo que propuso Tango feroz, la película de Marcelo Piñeyro con Fernán Mirás como protagonista: la historia de un genio atormentado, adelantado a su tiempo, contestatario, incomprendido y de alguna manera figura carismática de la bohemia joven que terminó concibiendo al rock argentino. Mucho es lo que se habló sobre ese Tango ficcionalizado en el que sus conocidos no encuentran casi nada del auténtico; muy poco, en cambio, se discutió al pibe de Caseros, talentoso, pero también limitado por sus propias sombras, que compuso un puñado de canciones (entre ellas nada menos que “La balsa”, hito fundacional del rock en español, escrita junto a Litto Nebbia) y frecuentaba la famosa Cueva en la que todo se gestó.

“Hizo mucho mal esa película”, exclama Pipo Lernoud, poeta, escritor, compositor, habitué de La Cueva y autor de la letra de “La princesa dorada”, el single que Tanguito grabó para la RCA en 1968. El proyecto vino mal barajado de arranque: un borrador del guion que “convertía a Tango en una especie de héroe romántico” generó que tanto Lernoud como Javier Martínez, Moris y Ben Molar (y Litto Nebbia por su lado) le prohibieran a Piñeyro usar sus canciones, lo cual a su vez -dice Lernoud- provocó que sus amigos terminaran retratados “como los que lo traicionaban y se vendían al sistema”. Aída Bortnik, guionista del film, conoció a Tanguito en los 60, pero eligió contar “una historia setentista revolucionaria que no tiene nada que ver con lo que sucedió en realidad, que es que Tanguito se fue volviendo cada vez más delirante y todos nosotros estábamos ocupados”.

Como en casi todo mito, el cuento difundido de Iglesias parte de rasgos reales y se deforma en aras de potenciar el conflicto. “Decían que era un drogadicto terrible: Tanguito tomaba Actemin, que era una pastilla que vendían en la farmacia. Eran anfetaminas, que en los 60 te las daban para adelgazar”, recuerda Billy Bond, músico clave en la historia del rock en la Argentina y dueño de La Cueva. “Si Tanguito no tenía plata para volver a su casa en el ómnibus, ¿qué droga iba a tomar? Se pasaba tres días sin dormir, ¿cómo querés que hable? Si no podía abrir la boca, no tenía ni saliva”.

Otra discordia en torno a su leyenda fue la génesis de “La balsa”. En 1973 (un año después de su muerte) se editó Tango, un disco que en realidad es una recopilación de grabaciones crudas que hizo para el sello Mandioca en 1969 y 1970. En él aparece su versión de esta canción, antecedida por Javier Martínez en su rol de productor machacando “en el baño de La Perla del Once compusiste ‘La balsa'”, lo cual fue entendido por algunos como una negación de la coautoría de Litto Nebbia. “La interpretación de todos los boludos de turno -y con la maldad que tienen los argentinos- era que Litto se la había robado. Tanguito sabía tres tonos en la guitarra: un La menor, un Mi, un Re. Nunca podría haber hecho aquel estribillo y nunca lo hubiera hecho con ese arreglo medio bossa nova”, dice Bond. Su firma en aquel himno, que en 1967 vendió 150 mil copias, lo salvó de un entuerto con la ley. Cuenta Lernoud: “Una vez nos llevó la policía y él dijo “yo soy el compositor de ‘La balsa'”. El poli le dice “¿’La balsa’? ¿El tema que está en la radio todo el tiempo? ¡Qué va a ser el compositor de ‘La balsa’! Ese es millonario, un artista famoso. Mire cómo está vestido usted, una porquería”.

Su escaso apego a la prolijidad y la higiene y su manera excéntrica de vestir lo enfrentaba todo el tiempo con la fuerza policial. “Era un personaje raro: le hacía a la mamá coserse los pantalones para que les quedaran chupines, bien pegados a las piernas, cosa que no existía en ese momento. Se planchaba el pelo con una plancha para parecerse a los Beatles. Quería vivir en Inglaterra el flaco, y estaba fascinado con las fotos que llegaban de los Rolling con camisas con jabot, con terciopelo de colores. Y entonces empezó a usar la ropa de la hermana”, dice Lernoud. En una de esas visitas a una seccional le pidieron que se desvistiera, con tanta mala suerte que justo llevaba una bombacha por ropa interior. “Los flacos le decían ‘¿por qué se viste así? Y le preguntaban si era gay y nosotros les decíamos ‘no, es un artista’. Él tenía un papelito que le habían hecho los de la discográfica de Los Dukes [el grupo en el que Tanguito cantó en la primera mitad de los 60] que decía ‘el señor José Alberto Iglesias es un artista y está vestido de una manera como para hacer los shows’, para que no lo molestaran”, recuerda Lernoud.

Trailer de la película Tango Feroz

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Su participación en el mundillo “náufrago” de la época, y particularmente sus actuaciones en La Cueva, también son parte de su misterio. “En La Cueva tocaba Adalberto Cevasco. A tocar el piano subía Fattoruso. Ricardo Lew en guitarra. Unos músicos del carajo. Tanguito sabía dos tonos, déjense de joder. Tocó algunas veces a las seis de la tarde, cuando no había nadie. Y cantaba siempre los mismos temas, ‘Natural’ y otra”, dice Bond. Lernoud, en tanto, lo recuerda como un performer desatado: “Se subía al escenario con una guitarra imaginaria y cantaba ‘Perro feroz’ de Elvis Presley en un inglés sanateado y se retorcía y se arrodillaba y se paraba y hacía toda una gesticulación que él imaginaba que era el rock and roll”. El Bondo, como dueño del local, se vio obligado a restringirle la entrada por su natural propensión a atraer patrulleros: “Era un blanco fácil: los ojos se le daban vuelta, no podía hablar, así que lo llevaban en cana cada dos minutos. La cana vino y me dijo ‘la próxima vez que vea a este tipo acá adentro te cierro el boliche’. Tanguito tenía prohibida la entrada en La Cueva, pero no por maldad: era que nos cerraban. Así que se quedaba en la esquina. Las pocas fotos que hay de Tanguito son en horarios que yo lo dejaba entrar”.

Contradictorio por definición, Tango era capaz de encerrarse en sí mismo e inmediatamente después ser el alma de la fiesta. “Le decían ‘Sordi’ por Alberto Sordi, que era un actor cómico, una especie de Olmedo italiano muy conocido en los 60. Era un tipo muy divertido, buen imitador, un cómico impresionante que todo el tiempo estaba haciendo personajes. Y al mismo tiempo era muy tímido: le costaba hacer shows para la gente, pero entre nosotros estaba todo el tiempo haciendo chistes. Se tomaba en broma a sí mismo”, dice Lernoud.

Su carrera pudo despegar con su contrato con la RCA en el 68 (la prueba que grabó para este sello fue editada en 2009 con el nombre de Yo soy Ramsés), pero su caos interno lo saboteó. “Tuvo en ese momento la oportunidad de empezar a funcionar como un artista, que era lo que había soñado, pero no pudo porque no cumplía con los ensayos, lo querían llevar a hacer shows y no se organizaba, era un desastre. Así que fue quedando marginado, y en un momento no supe más de él. Se fue quedando solo y juntándose con los tipos que le podían seguir el ritmo de delirio y de pastillas”, cuenta Lernoud. Como no podía ser de otra manera, su final también llegó en circunstancias poco claras, arrollado por un tren en la estación Pacífico; quizás se suicidó, tal vez lo asesinaron, probablemente todo fue un lamentable accidente (“personalmente creo que a Tango lo mataron”, se la juega Billy). Lo cierto es que no hay certezas sobre cómo vivió ni tampoco sobre cómo perdió la vida.

A años luz del luchador antisistema que se ve en Tango feroz (“él esquivaba el sistema, no estaba en contra”, define Lernoud), aquel que supo sentirse “muy solo y triste acá en este mundo abandonado” vive en el recuerdo de quienes lo conocieron como un personaje tan entrañable como inmanejable. Como dice Lernoud, “Tanguito es comparable con Syd Barrett, con esa clase de tipos que tienen un mambo tan grande en su cabeza que no entran en la máquina oficinesca del rock”.

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