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Wider image-tentaciones por doquier: niños en méxico luchan contra creciente obesidad

* Ensayo fotográfico: https://reut.rs/3gp1i6h

Por Stefanie Eschenbacher y Carlos Jasso

TEXCOCO, México, 16 jun (Reuters) – Daniela tenía 11 años
cuando un médico le dijo que no viviría más de seis o siete
años. Con un peso de 75 kilos, aproximadamente el doble de lo
recomendado para su edad, la niña mexicana acababa de sufrir un
preinfarto.

Eso fue hace dos años. Todavía recuerda el dolor en su
pecho. También le diagnosticaron diabetes. Daniela conoce bien
la enfermedad: vio morir a ocho familiares a causa de
complicaciones por ese padecimiento.

“El doctor me dijo que iba a morir, que no iba a cumplir 18
años”, dijo en su casa de Texcoco, en las afueras de la capital
mexicana. Ahora, Daniela tiene 14 años y pesa 81 kilos.

Reuters no pudo comunicarse con el médico, que trató a
Daniela en otro hospital anteriormente, pero una asistente
social del nosocomio actual confirmó su relato.

“Pero no bajé peso, subí”, dijo.

Reuters recreó una tabla que muestra lo que ella comería en
una jornada habitual y un nutricionista de su clínica calculó
que ingería alrededor de 6,600 calorías.

Daniela es una de las 150 niñas y niños tratados por
médicos, nutricionistas y psicólogos en el Hospital Infantil de
México Federico Gómez en la capital del país durante los últimos
12 años.

La niña y otros siete menores aceptaron hablar con Reuters
en presencia de sus madres y una asistente social del hospital
sobre sus batallas para controlar los problemas de salud y
perder peso.

Reuters también conversó con cuatro adultos sobre sus
esfuerzos a largo plazo con la obesidad desde la infancia, uno
de los cuales murió luego por complicaciones de la diabetes, y
pactó no publicar sus apellidos ni fotografías porque casi todos
son menores de edad y algunos, incluyendo a Daniela, son
considerados vulnerables por la clínica.

A pesar de los esfuerzos por limitar las ventas de comida
chatarra a niños y gravar el consumo de bebidas azucaradas, el
problema de la diabetes en México está empeorando.

En dos años, la proporción de la población que padece la
enfermedad aumentó un punto porcentual total hasta un 10.3%, una
de las tasas más altas del mundo, porque más de una década de
malos hábitos alimenticios comenzaron a reflejarse en las
estadísticas gubernamentales.

“Es una bomba de relojería para la diabetes”, dijo Barry
Popkin, profesor de la Escuela de Salud Pública Global Gillings
de la Universidad de Carolina del Norte, en Estados Unidos, que
ha estudiado la obesidad y otras enfermedades relacionadas con
la nutrición y, más recientemente, su vínculo con el COVID-19.

Durante la pandemia, el tema ha cobrado urgencia.

Popkin dijo que era evidente que los padecimientos
relacionados con la nutrición (obesidad, diabetes, hipertensión
y otras) avivaron las tasas de mortalidad por la enfermedad del
coronavirus en México, que se encuentran entre las más altas del
planeta.

Los datos de mortalidad de México muestran que, de las más
de 230,000 personas que murieron de COVID-19 al 15 de junio,
alrededor del 45% tenía hipertensión, el 37% tenía diabetes y el
22% era obeso.

Múltiples tentaciones

La tentación de altas calorías está en todas partes, incluso
en la tienda de la madre de Daniela, que ofrece golosinas que se
venden por todos lados incluyendo los vecindarios menos
favorecidos: refrescos, papas fritas y pastelillos empaquetados.

Daniela, quien también tiene un problema renal, asegura que
sigue sus planes de ejercicio y nutrición tanto como le es
posible, y le gusta el sabor de algunas frutas y verduras.

Pero su diabetes es difícil de controlar y cuando su nivel
de azúcar en sangre cae en picado, necesita dulces para
regularla. “Me da mucha ansiedad y necesito algo dulce”.

La madre de Daniela, Angélica, dijo que temía todos los días
por la vida de su única hija. Ambas han recibido tratamiento
psicológico.

“Es muy difícil porque no está mejorando, está peor”, se
lamentó Angélica.

Más del 80% de los mexicanos consumen refrescos a diario,
según una encuesta de nutrición del gobierno mexicano de 2018.
Más de la mitad de los adolescentes comen botanas, dulces o
postres envasados ​​todos los días.

Betzabé Salgado, nutricionista del hospital infantil, dijo
que los ingredientes de los alimentos procesados ​​eran “de una
manera adictivos” porque son más sabrosos, además de baratos y
están ampliamente disponibles.

Estudios científicos, incluido uno de la Universidad de
Michigan, han demostrado que los alimentos procesados, muchos de
los cuales son ricos en calorías, pueden tener un potencial
adictivo.

Más de la mitad de la población adulta de México trabaja de
manera informal. Los padres a menudo ganan menos del salario
mínimo diario de 144 pesos (unos siete dólares) y viajan muchas
horas, aseveró Salgado, sin dejarles tiempo ni dinero para
comprar y preparar comidas nutritivas.

“Los hábitos de comer son malos”, sostuvo Salgado.

Medidas drásticas

Pricila se sometió a una cirugía de manga gástrica, durante
la cual se extrae una parte del estómago, para adelgazar a los
16 años. Se dio cuenta que necesitaba perder peso cuando tenía
15 años y pesaba 113 kilos, igual que su padre.

En un día normal, ella consumiría más de 5,200 calorías.
Pricila, quien tiene una enfermedad metabólica, asegura que
incluso con ejercicio y un plan de nutrición su pérdida de peso
se había estancado, convirtiéndola en candidata para el proceso
quirúrgico.

“Cuando intenté perder peso, había tentaciones por todos
lados”, se lamentó, ahora de 18 años y con 83 kilos “Fue muy
difícil porque estaba acostumbrada a comer comida chatarra,
dulces, todo el tiempo”.

El Senado de México prohibió en febrero la venta de
alimentos con bajo valor nutricional y alto contenido calórico
dentro y fuera de las escuelas. Los alimentos también deben ser
etiquetados si tienen un alto contenido de sal, azúcar o grasa.

Pero Estados Unidos, la Unión Europea, Canadá y Suiza, hogar
de algunas de las empresas de alimentos más grandes del mundo,
presionaron públicamente a México para que retrasara la
iniciativa, citando la pandemia de COVID-19 “que ha ejercido una
presión significativa sobre la industria de alimentos y
bebidas”.

Con un peso de 137 kilos a los 16 años, más del doble del
recomendado, Carlos dio positivo a COVID-19 en enero y pasó un
mes en el hospital, gran parte de ese tiempo en cuidados
intensivos pediátricos.

Un tanque de oxígeno prestado se encuentra en el medio de la
sala de su casa, mientras un horario pegado al refrigerador
marca las citas con el nutricionista, el médico y las pruebas de
COVID-19.

Carlos, ahora de 17 años y en el mismo programa que Daniela
y Pricila, asegura que comenzó a comer en exceso cuando se
intensificó la presión en la escuela. Los intentos de cambiar
sus hábitos alimenticios fracasaron repetidamente: por lo
general, comería unas 5,850 calorías.

“Me desperté y me di cuenta que si no hago ningún cambio,
siempre va a ser así: nunca voy a madurar, siempre voy a tener
ese cuerpo”, dijo Carlos. “A veces mi cuerpo quiere algo dulce,
pero yo digo no”.

(Texto de Stefanie Eschenbacher; imágenes de Carlos Jasso;
editado por Frank Jack Daniel, Daniel Flynn y Diane Craft;
traducido por Raúl Cortés y Noé Torres)

Reuters

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