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Juan Forn, un infatigable hacedor de la literatura argentina

Escritor, editor, periodista, traductor y maestro en cada uno de esos oficios de la palabra, Juan Forn murió en Villa Gesell este domingo, a los 61 años, de un infarto. Estaba acompañado por Matilda, su hija. Había nacido el 5 de noviembre de 1959 en la ciudad de Buenos Aires: muy joven, a inicios de la década de 1980 inició su recorrido profesional entre lo que más amaba, los libros y la lectura. Comenzó como cadete en la editorial Emecé, en la calle Alsina, en el barrio de Congreso; en ese sello publicó en 1987 su primera novela, Corazones cautivos más arriba, que fue reeditada años después como Corazones. Su segundo libro, el gran volumen de cuentos Nadar de noche, apareció en 1991 en Biblioteca del Sur, que fundó y dirigió para la editorial Planeta. En esa colección de literatura latinoamericana, Forn dio a conocer algunos de los mejores títulos de la época en la Argentina, como El mal menor, de Charlie Feiling; “>El mal menor, de Charlie Feiling; Anatomía humana, de Carlos Chernov, y Cuando digo Magdalena, de Alicia Steimberg. También estuvo al frente de Espejo de la Argentina con Alejandro Horowicz.

“Se murió el mejor, el más humano -dijo Ignacio Iraola, director editorial del Grupo Planeta y amigo del escritor, a LA NACION-. Era un ‘enfermo’ de los libros, un tipo que se murió pensando en libros”. En los últimos años, Forn retomó su oficio como editor externo de Tusquets (del Grupo Planeta) en la colección Rara Avis, donde rescataba títulos de autores locales y extranjeros (Mark Twain, Isidoro Blaisten, Andrei Platonov) a la vez que seleccionaba relatos de autores contemporáneos, como Camila Sosa Villada. Por la pasión que sentía por los libros inclasificables, Forn era una rara avis del ambiente literario local.

En diez años, publicó una serie de novelas que ahora puede pensarse como una trilogía, en la que él asomaba como personaje y testigo de la época, para remontarse luego al pasado. En 1995, durante el apogeo del menemismo, lanzó Frivolidad; en 2001, Puras mentiras, y en 2005, la que es considerada su mejor novela, María Domecq. Luego de presentar un libro con sus crónicas literarias (Ningún hombre es una isla, de 2010), comenzó a dar forma a las “contratapas de los viernes”, que aparecían en Página 12, para regocijo de los lectores. “Después de María Domecq yo había quedado vacío -dijo en una entrevista con este diario, en La Cumbre, hace tres años-. El plan era hacer una novela de mil páginas. En una parte del libro hablaba de la enfermedad y en otra, de mi juventud. Al terminarla, me refugié en las contratapas”. De ese refugio, quedan como testimonio los cuatro volúmenes de Los viernes, publicados por Emecé. En 2018, presentó el breve ensayo Cómo me hice viernes, en DocumentA/Escénicas.

Al momento de su muerte, trabajaba en las correcciones de Yo recordaré por ustedes, que tenía lanzamiento previsto para el mes de agosto próximo. “Son sus famosas contratapas, pero esta vez no solo había hecho una selección sino un armado diferente, que establecía un recorrido geográfico que empezaba en Asia y terminaba en la Argentina; estaba muy contento con el resultado”, contó a LA NACION la editora de Emecé, Mercedes Güiraldes, que trabajó con Forn durante años. “Era un maestro -agregó-. Maestro de editores, de escritores, de periodistas; en todo lo que hizo puso ese sello de excelencia y talento”. Tradujo del inglés libros de los estadounidense John Cheever y Hunter S. Thompson.

En 1996 Forn creó Radar, el suplemento cultural dominical de Página 12, que abandonó en 2002, luego de una pancreatitis, y se instaló en Villa Gesell, donde cumplió el sueño del “escritor doméstico” que está todo el día en la casa escribiendo. “Para mí fue una bendición estar en un lugar como Gesell -dijo Forn-. Siempre viví y trabajé en ambientes endogámicos, entre personas parecidas”. La noticia de su muerte causó gran consternación en el ambiente literario. Cuesta creer que hasta hace pocas horas, cerca del mar, seguía leyendo, editando y escribiendo.

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