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Crepúsculo y sextante

Un poco más allá, en ese recodo donde el muelle se convierte en un paso angosto, estaba su padre; ensimismado en sus propios intentos, con un gesto un poco esquivo, al notar el contacto de sus hijos conmigo.

Su mujer iba y venía en sus cavilaciones, quizá disimuladas por algunos enseres, como un termo celeste, que llevaba bajo el brazo, y que pareció cargar y descargar en poco tiempo varias veces, ya que su ir y venir nunca se resolvía. La inconexión de todo el grupo resultaba evidente, salvo por lo que sucedía entre los dos hermanos, en una comunión tan natural, como instintiva y perpetua.

El mayor era rubión, flaquito y espigado; con ese paso desarticulado de los que crecen repentinamente, en ese verano que separa la primaria del colegio nacional; y a sus escasos, pero suficientes 12 años como para empuñar caña y reel, hacía sus primeros lances largos, con discretos resultados. Más o menos a su edad, yo descubrí el gusto por ver volar las plomadas como promesa de buenas capturas; y aún hoy, sigo haciendo nuditos, como señales con hilos de seda en el carrete, para que me den una idea de qué distancia, por encima o por debajo de un centenar de metros, estoy logrando.

Se me acercó, con menos timidez que desenvoltura, y luego de un par de rodeos en tono de equipos, peces y carnadas, su pedido se oyó tan límpido como desprovisto de todo apocamiento:

-¿Vos me podés enseñar a tirar así? –me requirió el pibe, del modo en que sueltan las cosas los pibes, cuando nos despabilan, en nuestra adulta tarea de allanarles el camino.

No pude ocultarle que sus elementos, especialmente su vara en dos tramos de tres metros con treinta, aunque visiblemente nueva, ya resultaba pequeña, para el brío de sus brazos y el lanzamiento que estaba intentando. No obstante me entregué, sincero y laborioso a transmitirle, en unos pocos minutos, todos los detalles que pudieran mejorar sus movimientos y así, convertir su entusiasmo y su  alegría de estar frente al río, en esa energía cinética capaz de transportar hasta el veril todos sus sueños.

Su hermano menor, que, hasta un momento antes, atormentaba lombrices rojas con gesto de taxidermista de historieta, comenzó a observarlo. En sus ojos pequeños del color del junco, titilaba ese brillo inconfundible de admiración y confianza. Hay hermanos menores, a quienes en esta condición se les presenta un faro, una costa segura donde esperar que escampe hasta retomar el viaje.

Había un rasgo suave pero manifiesto en la mirada de aquel niño, como en esos niños que, aún siendo muy pequeños, al observarnos parecen disculparnos, compasivos, y anticipadamente. Es allí, cuando una mirada infantil, se percibe piadosa y nos despoja de todo; nos atraviesa con ojitos de retoño, y cada vergüenza propia nos anida en la garganta.

“El menor de estos hermanos será quien logre los peces más grandes” –pensé-. “Y será él, quien, imitando, descubra lo novedoso, lo único y fecundo”. Volví a enfocarme en las demandas de mi espontáneo discípulo, quien, para mi asombro y regocijo, tiro a tiro incorporaba cada pequeña corrección que yo le señalaba sobre su desempeño. Después, mis preguntas sobre sus asignaturas preferidas y otros asuntos inherentes al colegio, y una despedida, hasta la siguiente tarde de pesca en que coincidiéramos allí, en el club frente al río más ancho del mundo.

Cuando varias semanas más tarde, volví a encontrarme a los hermanos, el mayor, de espaldas, encarnaba sus anzuelos; volteó para disponerse frente al río, y al verme, estando con su caña lista, la plomada en el aire y el reel abierto, me detuvo y preguntó: -¿Querés verme tirar? Y claro… De buen ánimo me dispuse a observar sus avances, que habían sido muchos, medidos no solo en metros. La plasticidad del giro, y el golpe al alcanzar la inclinación adecuada para hacer volar el aparejo, me hicieron sentir que aquel improvisado adiestramiento en el casting que yo le impartiera, no había sido, en absoluto, una pérdida de tiempo.

Alguna especial empatía acercó muchas veces a ese muchachito hasta el refugio en el que suelo resguardarme del sol o del viento; quizás, sintiendo él  una suerte de amparo o cobijo, contra quién sabe qué temor o desasosiego. No soy yo quien prepara temprano sus desayunos, lo acompaña hasta entrar a la escuela, y espera su vuelta, para contenerlo en las derrotas y celebrar sus aciertos. En lo esencial, no seré yo testigo del devenir de sus días, pero algunas tardes, yo le hablo de libros y canciones; de barcos a vela, que pasan en silencio frente a nosotros; de lugares, de motores, de películas y goles. Yo le hablo del respeto, la constancia y la nobleza; me da por ponerle ejemplos, que casi invariablemente, él mejora con asombroso ingenio. Me explica de qué se trata un chip, con esa autoridad que le confiere su condiciónde centennial; y yo lo escucho.

Su hermano menor pasa de a ratos, y juega a que se ríe de él porque aún no pescó nada; pero hasta en esa broma se advierten el cariño y la estima inalterables.  Entonces, sin tener conciencia, me dan muestras de cuánto pueden enseñarme; me contagian, de a poco, de un humor simple de niños pescadores; y me erigen, espontáneamente y por cinco minutos, en el capitán de un buque ballenero, solo porque yo tendría los años suficientes para serlo.

Sesenta diciembres me advierte el calendario. Y yo, sin arpones, estoy capturando enormes e inimaginados peces, junto a estos marineros locos de toda locura; sabios, de tan inconscientes; y a la vez tan sensatos, que aclaran el visor de mi sextante, lo vuelven más cristalino; y encuentran una estrella en mi astrolabio. 

por Juan Ferrari

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