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El descanso blindado de Cristina Kirchner

El Calafate es el único lugar en el mundo donde Cristina Kirchner no siente la necesidad de maquillarse. La espesa capa de cosméticos que siempre la cubre en sus apariciones públicas desaparece cuando está en su refugio patagónico de la calle Padre Agostini, donde suele recibir a sus visitas a cara lavada, a veces incluso sin sus lentes de sol. Es otra Cristina, más pálida y con pecas, irreconocible para los que nunca la hayan visto así. Pero ese look natural queda reservado para la intimidad, los 520 metros cuadrados cubiertos de su casa, y a lo sumo para las caminatas por los jardines de la propiedad o las cenas en su restorán favorito, La Posta, el del hotel Los Álamos.

La vicepresidenta sabe que nadie fuera de su círculo de máxima confianza la verá así por una razón sencilla: en el Calafate, su lugar en el mundo, está prohibido sacarle fotos. Solo salen las que ella digita o aprueba. La docena de custodios que vigilan su propiedad y la acompañan a todas partes saben que serán sancionados -ya ocurrió- si un fotógrafo de los medios nacionales logra una imagen de ella, y los reporteros locales ni siquiera se animan a intentarlo por miedo a las represalias.

“Si yo le saco una foto a ella y se las vendo, después de eso no trabajo más”, fue la respuesta que un fotógrafo del lugar dio a NOTICIAS cuando se intentó montar una guardia.

Otros también se rehusaron con explicaciones similares.

En la Patagonia, sacarle una foto a CFK es más difícil que a la princesa Máxima de Holanda.

ÍNTIMA. La vicepresidenta viajó a su refugio blindado para Navidad y Año Nuevo, con regreso a Buenos Aires en el medio. El Tango 11 que teóricamente le corresponde usar a Alberto Fernández fue y vino entre la Capital y el Sur las veces que hizo falta. En ambas fiestas, el Presidente y ella se saludaron por teléfono horas antes del brindis de medianoche. “Fue algo formal y más bien frío”, cuentan cerca del primer mandatario, y festejan su aparente emancipación. “Al fin se le animó”, dice un amigo de él.

La ex presidenta pasó las fiestas en familia. Máximo la acompañó en Navidad y se separó de ella en Año Nuevo para estar con sus hijos Néstor Iván y Emilia, de 8 y 5 años, en Río Gallegos. Y Florencia festejó con su madre el 31 por la noche junto a Helena, su hija de 6 años. La nena es la debilidad de la abuela, quien suele llevásela sola a El Calafate mientras Flor permanece en Buenos Aires. Esta vez estuvieron las tres.

Para Año Nuevo, además, CFK invitó a sus vecinos, los hermanos Guatti, Mario Piero y Mauro, y a la ex pareja del primero, la funcionaria provincial Rocío Campos. El primero de los Guatti es el dueño del hotel Los Álamos -que sirvió de inspiración al de Cristina, Los Suaces– y el segundo maneja la constructora Esuco, una de las más favorecidas por la obra pública en el Sur. La madre de los hermanos, Ángela Girometti, que tuvo algunos desencuentros con Cristina en los tiempos en que ella lo celaba a Néstor, no fue de la partida.

¿Qué hace la vicepresidenta en su refugio? La costumbre de dormir hasta pasadas las 10 de la mañana en vacaciones se alteró ahora que está la pequeña Helena, que le quita horas de sueño a “abu”, como la llama. También extraña los ejercicios matutinos y la cinta de correr, que por indicaciones médicas quedó suspendida en el posoperatorio de su reciente histerectomía. CFK sigue con algunos dolores en la zona abdominal y toma analgésicos para aliviarlos.

“Está molesta”, dicen en su entorno, y explican que se arrepintió de apurar su reaparición pública para el acto de cierre antes de las elecciones de noviembre porque eso significó una posterior recaída. “Hasta corrieron la fecha del acto para que ella pudiera estar, pero fue para peor, después no pudo ir al búnker”, explica un “cristino”.

La jefa intenta despejarse de la política y sus miserias en estos primeros días del año. Solamente acceden a su Puerta de Hierro sureña los dirigentes a los que ella convoca de urgencia por alguna cuestión importante: hace algunas semanas viajó Axel Kicillof y meses antes, Martín Guzmán. Nunca trasciende lo que se habla en esos encuentros reservados, pero las consecuencias se ven de inmediato: por ejemplo, el Gabinete intervenido del gobernador.

Así como Helenita es una de las que más viajan con CFK, sus otros dos nietos, Néstor Iván y Emilia, la visitan seguido en El Calafate. Los lleva su madre, la ex mujer de Máximo, Rocío García, hoy diputada provincial y en pareja con otra funcionaria. Rocío siempre llega acompañada de su hermana Belén, que también va con sus dos hijos, con lo cual la casa de la anfitriona queda convertida en un virtual kindergarten. La tercera hermana, Virginia, a cargo de la DGI provincial, está peleada con Rocío y no pisa el hogar de CFK. Algunos hablan de una interna camporista y otros más osados dicen que Virginia no aprueba la elección sexual de su hermana.

A Cristina la fascina la jardinería y le dedica horas a la supervisión de su parque. Los rosales son los mimados, pero también hay cedros azules, abedules, piceas, ciruelos y orejas de cordero, una planta autóctona semejante al potus y con hoja blanca cubierta de pelos. Además están los sauces que le dan nombre a su hotel boutique, pegado a la propiedad y aún cerrado tras sus avatares judiciales. El jardinero que se ocupa de todo es un vacunado VIP y declarante en la llamada Causa de los Cuadernos, Ramón Ángel Díaz Díaz.

El cuidado parque, fresco en pleno enero, mereció este poema que Florencia K publicó en su Instagram:

“Frío en verano. Ropas grandes. Que entre todo, todo el jardín, y se pegue a mis costillas”.

Los paseos de Cristina -con sus custodios a una distancia prudencial de diez metros- incluyen recorridas por el pueblo y sus tiendas, en especial la tradicional chocolatería Guerrero, con precios dirigidos al turista europeo. Rapa Nui, su preferido, aún no abrió en la villa. Para cenar, además de La Posta, CFK elige La Cocina, donde pide un flan de coco con banana y dulce de leche llamado “Beso apasionado”. También incursiona en la parrilla Casimiro Biguá, donde le gusta el bife de lomo “ni jugoso ni cocido”. ”¿A punto?”, le preguntó el mozo la primera vez que escuchó el curioso pedido, y ella insistió: “No, a punto no. Ni jugoso ni cocido”. El hombre se quedó pensando.

Además de la familia y los nietos, y de su caniche toy Lolita, quienes hoy acompañan a Cristina en el Sur son sus secretarios, que van evolucionando. Los anteriores, Mariano Cabral -ghostwriter de “Sinceramente”- y Daniel Bermúdez, ya son funcionarios del Senado y fueron reemplazados por Gabriel Graves. Además está Dorita, la cocinera, más otra empleada que se encarga de la limpieza y en ocasiones también una tercera que antes trabajaba en el hotel, inició una demanda por supuesto maltrato laboral y tras llegar a un arreglo extrajudicial se sumó a las tareas en la casa de Cristina. El dinero lo arregla todo.

Diego Carbone, el histórico jefe de la custodia de la vicepresidenta, a quien ella le concede el privilegio de acompañarla en las cenas, esta vez se quedó en Buenos Aires porque tenía francos para tomarse. A su jefa la divierte el dato de que el guardaespaldas se haya consagrado campeón en el mundial de kickboxing en Brasil hace pocas semanas (ver recuadro).

Para la noche, cuando su nieta duerme, a Cristina le quedan las series de Netflix. Además de su favorita, “Game of thrones”, la curiosidad la llevó a incursionar en “Veep”, la ficción que recomendó Alberto Fernández sobre una vicepresidenta que se queda con todo el poder. Cada tanto también vuelve a su film favorito, “Elizabeth”, en el que Cate Blanchett interpreta a la joven reina que en la Inglaterra del siglo XVI logró imponerse en un mundo de hombres. Además, siempre tiene a mano sus libros sobre historia argentina y el pesado tomo de mitología grecorromana que no la abandona nunca. Y un reciente descubrimiento la entusiasma: los escritos del economista Marcelo Diamand, un inmigrante polaco que se interesó en el desarrollo industrial de la Argentina de los tempranos 70. En esa década sigue instalado el corazón de CFK.

TANGO VELOZ. El dirigente radical Álvaro de Lamadrid denunció en el Congreso el uso que Cristina viene haciendo de los aviones oficiales. “La verdad, a ella no le corresponde usar los Tango como vicepresidenta, salvo por alguna razón estrictamente laboral, y acá se trata de vacaciones. Lo está dejando de a pie al Presidente”, le dice a NOTICIAS.

Las estadísticas son elocuentes. Para las fiestas, en una semana, el Tango 11 realizó seis vuelos entre el Aeroparque Jorge Newbery y El Calafate, con CFK a bordo y también vacío, cuando regresaba. Esos desplazamientos le costaron al Estado no menos de 100 mil dólares. En todo el 2021, el Tango 01, el Tango 10 y el 11, más la nave de YPF, realizaron 30 vuelos entre Buenos Aires, Río Gallegos y El Calafate, siempre motivados por las escapadas al Sur de Cristina y su familia. Fueron más de 500 mil dólares gastados. Antes, la vicepresidenta viajó algunas veces en vuelos de Aerolíneas Argentinas, pero la puso de mal humor no haber llegado a El Calafate para el décimo aniversario de la muerte de Néstor Kirchner, en noviembre del 2020, porque la pandemia aún no permitía volar hacia ese destino. Desde entonces, la flota oficial fue su solución.

CFK está aliviada por la situación judicial de sus hijos, en especial la de Florencia, que no tenía fueros. Fueron sobreseidos junto a la ex presidenta en la causa de los hoteles K. El principal, Los Sauces, sigue con un candado en la tranquera y en bus

ca de alguien que se interese en administrarlo. Los chilenos del Grupo Lariza desistieron por la pandemia. Pero, más que lo judicial, la salud de Florencia, en franca recuperación después del episodio de Cuba, es lo que realmente alegra a su madre. La vio mejor en estas fiestas que en las anteriores.

A los artistas y actores a los que CFK recibió en los últimos días del año les explicó por qué no fue candidata en el 2019: “Tuve que elegir entre la dirigente y la madre, y elegí a la madre”. La lectura que se hizo de ese comentario, entre los cánticos que la postulaban al 2023, es que ahora, con Florencia recuperada, la que vuelve es la dirigente.

Alberto Fernández también ya se postuló para el próximo período presidencial y se diferencia en público de su vice, a quien le molestó, y mucho, que él considerara a Néstor Kirchner como el único jefe político que tuvo, un ninguneo olímpico a CFK. Fernández dijo eso en un reportaje con Jorge Fontevecchia.

Cristina reponde con sus repetidos cuestionamientos al acuerdo con el FMI, que traban la compleja negociación. Pretende que el costo del ajuste que exigirá el Fondo lo pague en total soledad el Presidente. Alberto busca involucrarla, e incluso instruyó a Martín Guzmán para que la tenga al tanto de cada paso, pero los mensajes del ministro no consiguen penetrar en el refugio de El Calafate. CFK no quiere quedar pegada al acuerdo.

Su plan es esmerilar a Alberto, culparlo por el ajuste que viene y someterlo a una PASO contra ella misma, la apuesta de máxima, o algún delfín suyo, la de mínima. Los que se anotan son Kicillof y el chaqueño Jorge Capitanich, entre otros.

Ya no hay retorno entre CFK y Alberto desde las traumáticas horas post PASO en las que la vice intentó vaciarlo de autoridad con las renuncias en cadena de los funcionarios camporistas, empezando por la de “Wado” de Pedro, el ministro del Interior. Esa crisis quedó atrás, pero dejó heridas que no curan. Alberto, en un momento de ira, estuvo a punto de romper y aceptarle la renuncia a “Wado”, lo cual habría acabado con la existencia del Frente de Todos.

CFK lo hizo recapacitar al día siguiente, cuando se calmaron los ánimos y se vieron cara a cara: “¿Vas a echar a uno de los pocos funcionarios que funcionan?”.

De todo esto se acuerda hoy la jefa mientras intenta desenchufarse en su refugio. En realidad, no está descansando, sino preparando su próxima movida.

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