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miércoles, mayo 25, 2022

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Mundos íntimos. Cuando era chica, una mujer me pegó porque no quería ser amiga de su hija. Ahí supe qué era el miedo.

Tengo nueve años y un montón de pecas en la cara. El pelo rojo, los paletones de adelante, cuadrados y grandes. Mi nona me llama cariñosamente “la peste bubónica”. Soy la quinta de seis hermanos. Estoy en cuarto grado y ninguno de mis hermanos, ni de mis hermanas, es colorado como yo. Soy menuda. Mi nona me corre por la casa para que almuerce porque no me gusta comer lo que comen los demás. Me dan un tónico para que crezca (así le dice mi nona) que después voy a saber que es lisa y llanamente el Polper.

No me gusta el colegio, no me gusta nada que tenga que ver con el colegio, pero mi colegio no tiene la culpa: es un colegio hermoso, tiene tres patios, árboles de tipa en los patios, monjas viejitas y amables cuyo carisma consiste en incluir a las chicas desprotegidas del barrio en la sociedad horrible y discriminadora en la que vivimos. Me tratan bien. Yo soy buena alumna. Mis tres hermanas mayores pasaron por estas mismas aulas y todos se deshacen en elogios cuando se refieren a ellas.

De mí, en cambio, le dicen a mi mamá: “Che, a esta la pasaste por una licuadora”. Lo dice Aidé, la señora que cobra la cuota y no me puede ver. Al parecer yo soy distinta, no porque sea especial, sino porque me licuaron, me movieron, me mezclaron mal y quedé así de peculiar. Mis hermanas son dóciles. Yo soy rebelde y pelirroja. Ergo: yo no parezco de mi familia. Esa sentencia de la señora Aidé y la otra, la que digo yo misma sobre mí: esa nena no es mi amiga, son frases que me van a acompañar el resto de mi vida. En cenas familiares, en fiestas de fin de año, en comuniones, en bautismos, en mi cumpleaños: a ella la pasaron por una licuadora. Ella no tiene amigas. Y todos se ríen abriendo bien la boca y lo peor es que yo también me río con esa escaramuza que practico desde que tengo memoria: reírse está bien, en general a la gente le gusta que los chicos se rían, que sean simpáticos. Los chicos que sonríen son aceptados. Los serios son raros o medio lelos. Yo no quiero ser distinta, por eso me río. Yo no quise que me pasaran por una licuadora, ser la rara. Pero soy así.

Niña. Cecilia Romana sonreía pero no todo era sencillo.

Mi maestra se llama Susana. Tiene manos grandes, de hombre. Las mueve mucho, explica los cálculos valiéndose de esas manos de obrero de la construcción, pero con uñas pintadas de rojo. Es alta. Tiene el pelo corto y negro, con algunas hebras plateadas en el flequillo que brillan de vez en cuando. Usa anteojos de marco grueso. Es graciosa por momentos, solo con las que no hacemos lío. A mí me quiere. A las demás las reta a los gritos si se portan mal. Son esos retos de madre que simula autoridad cuando en realidad no la tiene. Susana no tiene demasiada autoridad, aunque se parezca un poco a un varón.

El mío es un colegio al que vamos solo chicas y nos ponemos para ir un hermoso jumper cuadrillé rojo y azul sobre una camisa blanquísima con corbata haciendo juego y es mentira que yo no tengo amigas. Tengo una: Ema o Emita, como le dicen, porque es petisa, incluso más petisa que yo, por eso puedo ostentar un bien ganado segundo puesto en la fila de dos de cuarto grado A. Ella se ubica adelante con Carolina. Yo me formo segunda con Lorena.

Familia. Cecilia Romana, con el gato Pancho en brazos, sus hermanos y sus padres.

Y no, no es que no tengo amigas, es que no necesito tener más amigas de las que tengo o de la única que tengo, por decirlo mejor.

A mí me gusta estar con mis perros Moro y Negrito. Me gusta dar vueltas a la manzana en bicicleta, sola, sin bajar a la calle porque me retan si se enteran, pero nunca se enteran -es que soy obediente sin necesidad de que me amenacen para serlo. Me gusta jugar a la pelota con mis hermanos varones. Son brutos. A veces juego también con sus amigos que me tratan como si fuera uno de ellos y me tiran piedras o me empujan de la bicicleta sin miramientos. A los chicos no les temo y les pego si me pegan. Con ellos me equiparo, me siento normal.

‒¡Bruja! -me gritan cuando los enfrento.

La peste o la bruja. Mis hermanas también dicen que soy una bruja y que mi mamá nunca estuvo embarazada de mí, que simplemente entró un día conmigo en brazos, que es obvio que no soy de la familia. Dicen que mis papás me encontraron tirada en la basura y les di lástima. Ellas tres son lindas, femeninas. Están llenas de amigas. Yo detesto las cosas de chicas y detesto que me obliguen a hacer cosas que no quiero hacer. Amo a mi mamá y ya no sé cómo decirle que no quiero ir a los cumpleaños porque me aburro y no participo de ningún juego. Siempre regalo lo mismo: dentífrico y cepillo de dientes, cosas que mi nono saca de su farmacia. Rara vez un perfume “Coqueterías”. Me da vergüenza lo que regalo. No quiero ir a ninguna casa a almorzar cuando salgo del colegio. No quiero hacer la tarea con otras nenas. No quiero hacer trabajos en grupo. No quiero.

Susana está en el frente, de espaldas al pizarrón explicando fracciones. Emita faltó y estoy sentada con Carolina en la primera fila de bancos de la extrema izquierda. Me obligaron a sentarme con ella. Yo no quiero saber nada. Hace rato que su mamá habla con la mía y le suplica que sea su amiga, que vaya a su casa, que juegue con ella en los recreos, que le cuide la puerta del baño. Mi mamá me promete que si voy a comer a su casa van a preparar milanesas con papas fritas y yo le digo una y otra vez: ella no es mi amiga.

A veces llaman a mi casa por teléfono y cortan si atiende mi papá. Generalmente pasa a la hora de la siesta. Una vez atiendo yo y escucho: te voy a matar si no sos amiga de Carolina.

Te voy a matar, me dicen. Tengo nueve años. No lloro, porque yo nunca lloro, pero estoy aterrada. Alguien quiere matarme porque no soy amiga de su hija.

No es mi amiga. Ella no tiene amigas. La pasaron por una licuadora.

Susana escribe en el pizarrón unas cifras sobre otras. Remarca la tiza blanca sobre la superficie negra. Hace números lindos, redondos, como orejitas de osos de peluche. Ella también es una mamá. Copio en mi carpeta los números redondos y prolijos de Susana. Soy prolija, cumplidora, solo que no quiero ser sociable. El aula, siempre que Susana explica algo, se pone silenciosa, por miedo o por desidia, pero ahora el silencio que se hace es distinto. Es un silencio raro, de velorio.

Todas las chicas de cuarto A están viendo algo que yo no llego a entender, aunque también lo veo. Una mujer entra al aula. Es como un rayo de otra realidad que se cruza esta mañana entre todas nosotras.

Tiene la cabeza como rapada, o el pelo está muy corto y es claro, no llego a darme cuenta. Se mueve rápido. La cara redonda. No es alta como la maestra y está como desencajada. El gesto de la cara no es de alguien contento. Me parece que alguna vez la vi. Me suena la cara y cómo está vestida, pero todo está pasando extremadamente veloz: tiene unos pantalones de jeans flojos, como de varón, sucios en las rodillas, una remera verde apagado. Los ojos. Los ojos son grandes y están enrojecidos. O lloró mucho o está muy nerviosa, pienso. La piel grasa, brillante. Yo no tengo idea de qué es un loco, pero creo, por los cuentos que me lee mi nona, que alguien loco debe ser así. Alguien que entra en un aula de cuarto grado, mientras todas estudiamos, se sale de la norma, no es normal alguien así.

Todas levantan la cabeza, sorprendidas ‒pero quizás la habían levantado antes y por miedo la volvieron a bajar. Es un adulto que irrumpe en nuestro mundo. Somos unas nenas de nueve años. Soy una nena de nueve años. Es una persona capaz de hacer cualquier cosa. Así la etiqueta mi percepción infantil. Y da miedo.

Yo la vi antes. El panóptico de cuarto A funciona también hacia afuera: la vi atravesando el corredor como si la persiguieran, decidida, feroz. Es una mujer que no tiene límites. Entra al aula y sin mirar a la maestra le pregunta a la pobre Lorena que está en el primer banco de la derecha: ‒-¿Quién es Cecilia?

Soy la única Cecilia de cuarto A. Lorena me señala. Está aterrada, como yo, como todas. Lleva una trenza atada abajo con una cinta negra. Va a largarse a llorar.

La mujer se me viene encima. Es un caballo sin riendas. Tiene la boca abierta para respirar mejor, para bufar, como los caballos. Estoy sentada al lado de su propia hija, todavía con el lápiz negro entre los dedos, las dos colitas que me hace mi nono todas las mañanas. No le importa nada. Esa mujer tiene una cara que nunca más me voy a olvidar en la vida.

‒Sos vos ‒dice‒ y me pega un sopapo de lleno, con la mano abierta. La cachetada suena en el aula como un vidrio que se parte al medio.

Mi vida acaba de partirse al medio como un vidrio. Me cubro la cara, pero ya es tarde. Susana viene corriendo detrás de la mujer: -¡No! ‒grita‒, ¿qué hace? ¡No!

La mujer me mira a los ojos con esos ojos hinchados, rojos, llenos de odio: ‒-Vos vas a ser amiga de mi hija. Ya estoy harta de esto -me dice.

Da media vuelta y se va.

Camina hacia la puerta como si ahí no hubiera pasado nada. Sale del aula libre como animalito de Dios, sin ningún pesar. La mañana afuera está soleada.

Yo no lloro, porque nunca lloro. La que llora es Carolina. Desconsolada. Pienso: es una pobre idiota.

Susana sale detrás de la madre, enardecida.

Cuarto A queda acéfalo pero en total silencio. Alguien atrás larga una risita nerviosa. No soy la única asustada.

Al rato viene la secretaria de Dirección: ‒-Cecilia y Carolina, vengan conmigo, por favor.

En el trayecto hacia la Dirección me dan ganas de vomitar. Carolina llora. Veo cómo se limpia los mocos con la palma de la mano. Tiene dedos cortos y regordetes. Los mocos le dejan las manos abrillantadas como esas frutas asquerosas del pan dulce. Flaco favor le hace su mamá con todo esto.

En Dirección, la hermana Alcira, directora del primario, un alma buena e inocente, solo atina a decir: ‒-Ya hablamos los mayores, ahora ustedes dense un abrazo y un beso en señal de amistad.

Yo miro a la madre de Carolina. Está como si le hubiesen dado un calmante, como un toro que corneó por fin a un torero después de años de hostigamiento. La miro en silencio y pienso: algo malo le pasa a esta mujer.

‒Quiero que llamen a mi mamá -digo.

‒Está bien, pero primero el abrazo ‒responde la hermana Alcira.

Vivo a dos cuadras del colegio, en una casa que está llena de gente a toda hora. Mis nonos, mis tías abuelas, mis primos, la gente que pasa y toca timbre y entra y se queda como si fuera su casa. Nadie sabe cuándo estoy o cuándo me voy. Entre tanta gente, ¿quién se va a preguntar por mí?

Tendré que hacer tiempo en Dirección hasta que llegue una de mis hermanas mayores a buscarme, pienso. Me creo lo suficientemente madura como para irme sola, pero tengo nueve años. Soy una nena a la que acaban de cachetear en un aula.

Le doy la mano a Carolina para sacarme de encima el compromiso. Le ofrezco mi mano como si le entregara un pez a medio morir: fría y blanda. Le susurro cerca de la cara: vos no sos mi amiga, nunca vas a ser mi amiga.

Su mamá, la que creí un caballo desbocado hace minutos, me mira ahora con los ojos llenos de lágrimas.

Pero igual resuenan en mi cabeza las frases: ella no es mi amiga. Soy la que pasaron por una licuadora. Yo no tengo amigas.

Mi hermana, la más grande, llega diez minutos después. Está mal vestida y tiene mal gesto, para variar. Me lleva a casa, del brazo, despotricando las dos cuadras que nos separan del colegio porque tuvo que ir a buscarme y tenía cosas que hacer y que soy una pendeja de mierda, me dice.

Cuando por fin llego a mi casa, subo a mi cuarto y me saco el uniforme. Lo cuelgo en una percha que engancho en la manija del placard. Me pongo unos shorts que vengo usando hace tres semanas, una musculosa medio raída con un estampado indefinido y voy al patio a jugar con Negrito y Moro.

No hace frío ni calor.

Yo quiero estar sola, como siempre.

Pero mi vida nunca va a ser igual: esta mañana conocí el miedo.

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Cecilia Romana. De chica quería ser arqueóloga, pero se convirtió en escritora y gracias a eso viajó por América y publicó un montón de libros. Su vocación por la historia sigue intacta y gran parte de su obra, poética y escolar, de crítica y de narrativa infanto juvenil, se centra en temas argentinos del siglo XIX y principios del XX. Es licenciada en Artes y Ciencias del Teatro y mamá de Roma, fuente de inspiración para muchos de sus cuentos. Familiera, fanática del Club Atlético All Boys, recupera en estos días la memoria de su árbol genealógico a través del estudio de la obra de su bisabuelo constructor.

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