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lunes, diciembre 5, 2022

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Hablan las víctimas del terrorismo mapuche en Bariloche

Luis Dates llegó a Los Radales hace más de dos décadas. Era la propiedad de una prima de su mujer y soñaba con poder comprarla alguna vez. Ese deseo se concretó hace cinco años, cuando nadie imaginaba que la zona de Villa Mascardi, frente al maravilloso lago del mismo nombre, dejaría de ser un remanso para volverse beligerante. Para ese entonces, la lof Laufken Winkul Mapu, que significa “dueños del mar, la tierra y los cerros”, ya había comenzado con las ocupaciones en el área. Una machi (líder espiritual) había tenido la visión de que ese paraíso turístico les pertenecía y que debían ir a recuperarlo.

Siguiendo esa “orden divina”, habían tomado el lote e incinerado la vivienda de un vecino llamado John Grehan. La lectura que hacía Dates, sin embargo, era que la Justicia resolvería esa intromisión ilegal. Pensaba que el problema estaba contenido. Pero el problema estalló y finalmente fue también su propio problema. 

Los usurpadores iniciaron un camino que nunca nadie frenó. Tomaron un terreno y luego otro y la franja de la toma año tras año fue ganando extensión al borde la ruta 40. En agosto pasado a Luis Dates le incendiaron la hermosa casa de piedra que había reciclado en Los Radales. Y este miércoles, después de expulsar a tiros los gendarmes que custodiaban el predio, la banda de las montañas directamente ocupó la propiedad y plantó una bandera con la siguiente leyenda: “Territorio mapuche recuperado”.

El miércoles, Dates visitó la redacción de Clarín con unas fotos en la mano. Son imágenes que solo pueden generar indignación. Son imágenes de la casa que había y de la ruina que ahora es. Son las fotos del predio a donde Dates ya no puede entrar porque nadie puede entrar allí. Dates narraba lineal, una y otra vez, la historia. Más que abatido, resignado. “No nos queda nada -decía-, salvo la presión que podemos ejercer contando nuestro caso a la prensa. El Gobierno no nos escucha. La Justicia no actúa. Estos delincuentes no son mapuches y están protegidos por ex montoneros. Ya no sabemos qué más hacer”.

Pidió un vaso de agua y le sirvió a los dos hombres que lo acompañaban, Diego Frutos, dueño de otro propiedad usurpada, La Cristalina, y Julián Cunha, apoderado de otro predio lindante tomado y destruido por la misma banda, perteneciente a Colegio San de Once, el campamento Ruca Lauken. Ambos sitios eran lugares de sosiego y paz. Hoy exhiben la fisonomía de una tierra arrasada, con casas quemadas, árboles volteados,  barricadas construidas con ramas y troncos y hasta autos consumidos por el fuego. 

Los Radales, antes y después de la ocupación

La Cristalina ya había sido atacada varias veces. Diego Frutos hacía tiempo que no podía ni asomarse a su lote. Es el titular de la junta vecinal de Villa Mascardi y acaso el vecino que más confrontó con la agrupación que siembra terror en la zona. Varias veces se detuvo, como desesperado, en las tranqueras de su propiedad y grabando con su teléfono celular ha incitado a los usurpadores para que salgan, para que se fueran. Ellos, siempre encapuchados, han salido, pero no para hablar sino para molerlo a palos.

La Cristalina terminó destrozada. Hasta este miércoles había en el predio arrasado una bandera argentina. Pero ya no. El mismo día en que Frutos visitó Clarín, la agrupación decidió también ocupar la casa principal y decretar que ese sitio es ahora parte del “puelmapu”, una zona de la “nación mapuche” que pretenden forjar. “No hay fuerzas de seguridad, no hay policía. Estos tipos echaron a tiros a los gendarmes y eso los envalentonó. Volvieron a tomar todas la casas que ya habían atacado y destruido. Están en la montaña. Por Google Earth podés ver las chozas que armaron en el bosque. Ahí se mantenían atrincherados, pero ahora bajaron en malón y directamente ocuparon nuestras casas. No hay nadie que los frene”, se cansó de decir Frutos.

Los Radales, antes y después de la ocupación

Los Radales, antes y después de la ocupación

“Mi casa tenía 35 metros cuadrados, eran un lugar humilde que había comprado con mucho esfuerzo. El lugar donde vivía, donde nos amontonábamos cuando mis hijos venían a visitarme. ¿Cómo te sentirías si te vas a trabajar y cuando volvés con tu bolso, tu casa fue tomada y no podés entrar? Así me siento yo desde 2020”, ilustraba y se quedaba sin aliento. Decía que la casa la iba a recuperar como sea, “aún cuando la Justicia y el Estado no hacen nada de lo que deberían hacer”.

Un enclave

La definición de enclave de la RAE ilustra lo que ocurre en Villa Mascardi, a 30 kilómetros de Bariloche. Un enclave es un territorio o grupo humano inserto dentro de otro con características diferentes, especialmente de tipo político, administrativo, religioso y étnico. La agrupación mapuche Lafken Winkul Mapu comenzó a tomar tierras en 2017 en la Patagonia argentina y a fuerza de tiros y fuegos terminó trazando los contornos de una geografía propia.

El conflicto en Villa Mascardi

EN DETALLE

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El mojón trágico de la historia es la muerte del mapuche Rafael Nahuel, durante un enfrentamiento con la Prefectura, hecho del que se cumplirán cinco años el próximo 23 de noviembre. Sus tomas (ellos hablan de “recuperaciones”) ya cubren más de 3 kilómetros de extensión sobre la ruta 40 y nadie, como se ve, puede entrar allí: ni los dueños de las propiedades usurpadas, ni la Justicia ni el Estado.

Justicia y Estado parecen desbordados por la situación. Parecen faltos de voluntad para ejecutar los desalojos que, agotadas todas las instancias procesales, ya corresponde ordenar. Son espectadores de la violencia y corren detrás de las llamas que encienden siempre la misma agrupación, un puñado de 15 hombres, 5 mujeres y al menos siete menores de edad cuyas identidades se conocen a la perfección. 

Apellidos conocidos por todos en la zona: ocultos entre las tierras ocupadas se hallan los integrantes del clan Nahuel-Colhuan, una familia del barrio Virgen Misionera de Bariloche,  y dos hermanos del prófugo Facundo Jones Huala, Fausto y Fernando. También se habla de militantes de la APDH de La Matanza y de “cuadros” provenientes del Gran Buenos Aires que visitan la zona, pasan dos o tres semanas y luego se van. “Hay recambio de grupos de apoyo: vienen para cometer ataques y desaparecen”, dice Frutos.

El campamento Ruca Lauquen, antes y después de la toma

También revista allá, casi como líder, Matías Santana, el mapuche de los binoculares del caso Maldonado. Santana se casó con Betiana Colhuan, la machi que vio “la tierra prometida” en la frondosidad de Villa Mascardi.  

Los lotes de Villa Mascardi son casi todos de aproximadamente 5 hectáreas. Muchos de ellos eran usados como lugares recreativos durante los veranos por organizaciones civiles que llegaban al sur para hacer campamentos. Agrupaciones religiosas, boy scouts, colegios privados. “Eso era y es Ruca Lauken, el predio donde pasaban sus veranos los alumnos del Colegio San José, del barrio de Once”, dice Julián Cunha Ferré, también en la redacción de Clarín. Sacó su teléfono. Abrió su instagram y comenzó a mostrar las fotos de lo que era ese sitio antes de la avanzada radical mapuche que a ellos los devoró en 2019.

“Yo estaba casi todo el año. Si no había grupos de chicos, hacíamos trabajos de mantenimiento. Siempre el lugar estaba en uso. Mascardi era un lugar muy pacifico, de campamento, de familia, con muchos chicos. Hay un sendero que sube a un mirador. La gente hace trekking, va al lago, hay un muelle y se podía embarcar. Esa era la vida en este lugar”, recuerda Cunha Ferré. 

Nada queda de todo lo que enumera. Sólo desolación y un problema inmenso que el Gobierno argentino no sabe cómo resolver.  

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