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domingo, febrero 5, 2023

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La ciudad ideal cambia a medida que envejecemos

02/12/2022 17:00

Actualizado al 02/12/2022 17:00

Yo también. Imaginaba Buenos Aires como el centro del universo y ahí quería estar. Al punto que poco después de mi último examen en la facultad, tomé un colectivo a Retiro a las cuatro de la mañana para llegar a las ocho y buscar trabajo. Caminé: todo estaba cerrado, abría a las diez, a diferencia del interior donde se empieza más temprano pero se frena al mediodía.

No nací en un pueblo sino en una ciudad, Rosario, que lucha por el segundo lugar en el ranking nacional. La diferencia con la Capital, sin embargo, es tan abismal que da lo mismo, o casi. Somos, fuimos, muchos los jóvenes que iniciamos ese camino de ida. Con ilusión, sí, pero ante todo con adrenalina: íbamos a enfrentar el mundo, a meternos en sus entrañas, no a observarlo desde lejos. Seríamos protagonistas; eso simbolizaba Buenos Aires. Nunca me decepcionó, debo reconocer. Tiene una vibra que magnetiza y aún hoy resuena como un encastre donde todo está por descubrirse. ¿Acaso por eso me atrae vivir dentro de esta enciclopedia en la que, abramos la página que sea, nos depara algo que va a sorprender, que desborda?

Pero uno crece. O envejece. O se hace alguito más sabio. Y ahí se da cuenta de que las luces de la ciudad sin fin son reales pero que la felicidad no pasa por allí. Pueden aportar su condimento; sin embargo la sonrisa está en otra parte. Y comienza una mirada hacia adentro de la que se carece cuando somos jóvenes, queremos experimentar por sobre todo, y no hay tiempo todavía para las reflexiones introspectivas.

Años o décadas más tarde suele esbozarse el cambio. A mí me electrifica este mapa superlativo, gigantesco, por sus historias escondidas, por su diversidad. Pero ya me alejo del barullo del centro o de las calles de moda. Tendrán todo el color, resumirán las tendencias de aquí y de allá pero hay algo de vacío, de cáscara y no de contenido. Uno se vuelve más selecto en el sentido espiritual, no material, de la palabra: busca espacios más reducidos, días a solas con su pareja, charlas con amigos que jamás se terminan pero que no necesitan de un bar abierto las 24 horas. Se matiza el vértigo y la velocidad y los tesoros se reflejan en los espacios íntimos.

La ciudad es la misma, nosotros no.

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