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lunes, junio 17, 2024

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África golpea a sus élites

«Hombre, es que nuestras elites han exagerado mucho». El señor Touré se desternilla ante el vídeo del presidente derrocado Ali Bongo, quien, en un plano picado, mirando hacia arriba, suplica en inglés a “sus amigos” que “hagan ruido”. Son las primeras imágenes de Bongo tras el golpe de Estado de esta semana en Gabón y el hombre aparece frágilvulnerable, reclamando un apoyo con el que sin duda su pueblo no se siente interpelado. Ni el suyo, ni el del señor Touré, que en Bamako toma el té del atardecer con sus amigos comentando la jugada.

Centinela de todos los tés de la ciudad, y del tráfico, y del río Níger, se levanta en la capital maliense la colina de Koulouba, el montículo del poder donde se asienta la Presidencia del país y donde, en agosto de 2020, empezó el primer capítulo de esta serie de golpes de Estado que han tumbado a presidentes de Bamako a Libreville. Dejando el caso aparte de Sudán, el de Gabón es el octavo y, aunque todos tienen un contexto de país particular, también tienen algunos puntos en común, el principal: el gran apoyo popular. También coincide que son excolonias francesas, con una enorme influencia de Francia en la vida diaria económica, política y militar, en el momento de los levantamientos militares. Y que no se ha derramado ni una gota de sangre.

Sidibé le devuelve el teléfono a Touré, después de haberle dado unas cuantas vueltas al vídeo de Bongo, y a otro par de los que circulan, sobre la opulencia y los excesos de Noureddin Bongo, su hijo. Aquí en Mali el “hijo de” presidente derrocado, también navegaba en la abundancia – de hecho sus vídeos en un yate de Ibiza contribuyeron a la fatiga de los malienses hacia su entonces presidente, Ibrahim Boubakar Keita (IBK). Y es que recordemos, que el golpe de Estado de Mali, en agosto 2020 -el primero de la serie- sucedió después de semanas de protestas ciudadanas en la calle. Fue la sociedad civil y la oposición política, aunados en la plataforma del M5, los que empezaron la revuelta: y los militares la culminaron, con un golpe, el primero, legitimado por una población civil que les vitoreó, les acompañó y aplaudió su entrada en escena.

A los ‘Sidibés’, los ‘Tourés’ y a los ‘Maigas’ lo que le preocupa es “que vuelva la seguridad en el país”, y que “nuestros dirigentes se concentren en esto y no en amasar dinero público” y por eso, tres años después del golpe inicial y con autoridades militares gobernando aún el país, la junta al poder sigue gozando de un fuerte apoyo popular, “aunque no siempre tome buenas decisiones”. Las fotos del coronel Assimi Goita no están solamente izadas en pancartas publicitarias de las arterias principales, también está en espaldas y vientres, impresa en camisetas circulando en bici o en moto, o pintado en paredes y en mercados.

Dura situación en el país

La durísima situación de seguridad en el interior del país, controlada por grupos armados que se han afiliado a Al Qaeda y a Estado Islámico, han transformado a Mali en un país que sus propios ciudadanos no reconocen. “Recuperar la paz; necesitamos recuperar la paz”, insiste Sidibé, y para eso, los malienses y los burkineses confían ahora en los militares. Los casos de Mali y Burkina Faso – que han hecho doblete de golpes y que acumulan juntos cuatro de los ocho golpes de Estado mencionados- comparten un contexto muy similar, con una realidad diaria minada de ataques terroristas, asaltos y abusos. Y a pesar de las críticas internacionales, en el interior, un fuerte sentimiento patriótico sigue alimentando la confianza hacia unos líderes uniformados que han prometido lidiar con la amenaza terrorista. En Burkina Faso, el capitán Ibrahim Traoré, también tiene a su lado la esperanza de muchos ciudadanos, a pesar que el control es férreo, de los bloqueos en accesos y en información. Y es “quizás no sea lo ideal, recurrir al ejército, pero por ahora parece una alternativa a una democracia que no tenía nada de justa”. Ambos gobiernos de transición, el de Mali y el de Burkina Faso, mantienen muy buenas relaciones, y han adoptado ya al tercer vecino, Níger, el último de la región en recibir la ascensión de los militares al poder, este mes de julio.

Unidos por el Sahel y por la violencia de los grupos armados, Níger, Burkina Faso y Mali se están convirtiendo en un bloque, con unos oficiales al mando que prometen no olvidar su razón de ser: la gente. Y es que, “los votos no son lo único que hace la democracia”, recuerda uno de los bebedores de té entre sorbo y sorbo “y más cuando las elecciones son un montaje”. En los debates y en lo chats ya hace tiempo que circulan conceptos como “golpes democráticos” y “democracias selectivas”. Y el golpe de Guinea Conakry representa justamente este otro hastío: el de la oleada de presidentes que cambian la Constitución para presentarse a mandatos extras. “Cambiar las normas a tu favor tampoco es democrático!”. Y de nuevo, la llegada de los militares se recibe como una bocanada de aire.

Lejos del África del oeste, en un país exportador de petróleo con el 90% de selva, hemos vivido esta semana un enésimo ‘dejà vu’: un grupo de soldados, compareciendo en la televisión nacional, anunciando la toma de poder; el presidente retenido (sin daños), en su residencia, y centenares de personas celebrando en la calle el fin de 56 años al poder de la dinastía Bongo. El contexto es absolutamente diferente, y el general golpista en este caso forma parte de la misma élite que ha dominado el poder durante seis décadas. Pero como en Níger – donde el presidente Bazoum sigue detenido en su residencia- es el líder de la guardia presidencial, el hombre con más responsabilidad respecto la protección del presidente, el que lo ha derrocado. Y es que si bien no hay ninguna epidemia, ni vínculos entre golpes, quizás sí que se está aprovechando el momentum de popularidad militar y explotando esa sensación de “hombre, es que nuestras elites han exagerado mucho”.

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